La expiación de Jesucristo
Debido a que nuestro Padre Celestial nos ama, envió a Su Hijo Jesucristo a sufrir de manera voluntaria y a pagar por nuestros pecados, dolores, enfermedades y pesares. Mediante Su gracia y la misericordia de la Expiación, el acontecimiento más importante de la historia del mundo, Él puede socorrernos en nuestras tribulaciones y aliviarnos de la culpa y la vergüenza que resultan de nuestros pecados.
En la medida en que confiemos en la Expiación sentiremos el amor de Dios y Él nos ayudará a soportar las tribulaciones. Sentiremos gozo, paz y consuelo mediante la misericordia de nuestro amoroso Padre Celestial.
Aunque Jesús pagó por nuestros pecados, Él no eliminó nuestro albedrío ni nuestra responsabilidad personal; Él no nos limpia en contra de nuestra voluntad.
A fin de que Su Expiación surta un efecto total en nuestra vida, debemos hacer lo siguiente:
- Ejercitar fe en Él.
- Arrepentirnos.
- Bautizarnos.
- Recibir el Espíritu Santo.
- Estar dispuestos a seguir Sus enseñanzas el resto de nuestro vida.
No podemos comprender completamente la forma en que Jesús sufrió por nuestro pecados. Sin embargo, sabemos que, en el Jardín de Getsemaní, el peso de nuestros pecados hizo que Él sintiera una agonía tal que sangró por cada uno de sus poros (
Luego, al estar colgado en la cruz, Jesús sufrió una muerte dolorosa por voluntad propia mediante uno de los métodos más crueles que se hayan conocido.
El Salvador nos dice: “Porque he aquí, yo... he padecido estas cosas por todos, para que no padezcan... así como yo” (
Mediante la expiación de Jesucristo, y al hacer uso del proceso de arrepentimiento, podemos recibir el perdón de nuestros pecados (
A fin de arrepentirnos sinceramente, nosotros debemos:
- Confesar el pecado a Dios y a las personas que hayan resultado dañadas por nuestro pecado.
- Pedir perdón a Dios y a las personas que hayamos dañado.
- Si es posible, reparar el daño que hayamos causado.
- Abandonar el pecado.
- Esforzarnos por guardar los mandamientos.
El verdadero arrepentimiento nos trae paz y nos hace sentir que hemos sido perdonados. Dios nos ha prometido: “He aquí, quien se ha arrepentido de sus pecados es perdonado; y yo, el Señor, no los recuerdo más” (
