Nuestra vida en la tierra

Tenemos una misión divina en el plan de nuestro Padre Celestial.  Hemos venido a la tierra a recibir un cuerpo y a obtener el conocimiento y la experiencia que nos ayuden a ser más semejantes a nuestro Padre Celestial.  En particular, Él desea que aprendamos a controlar nuestro cuerpo, a elegir el bien en vez del mal y a vivir por fe en Jesucristo.

Como sabía que no podríamos seguir progresando si permanecíamos en el mundo premortal, nuestro Padre Celestial nos envió a la tierra, tal como los padres mandan a sus hijos a la escuela.

Las lecciones que debemos aprender en esta vida mortal incluyen lo siguiente:

  • Ser humildes, obedientes y bondadosos.
  • Amar y servirles a Él y a Sus hijos.
  • Dedicar nuestra vida a hacer el bien y ayudar a Sus demás hijos a seguir el ejemplo y las enseñanzas de Jesucristo.
  • Vencer los apetitos de la carne y escuchar los susurros del Espíritu.

Todos los días tomamos muchas decisiones.  Al tomar cualquier decisión, ya sea buena o mala, también elegimos las consecuencias que éstas traen consigo, conscientes de ello o no.  La felicidad y el progreso duraderos se dan cuando escogemos hacer lo que Dios desea que hagamos.

Nuestro Padre Celestial sabía que a veces tomaríamos decisiones incorrectas, así que dispuso una manera para que venciéramos nuestros errores y nuestras debilidades mediante la Expiación de Su Hijo Jesucristo.  Por medio de la expiación de Cristo podemos arrepentirnos, recibir perdón por nuestras malas decisiones y aprender de ellas.

Muchos aspectos de la vida conllevan felicidad y otros desdicha.  El tener ese tipo de experiencias nos ayuda a distinguir el bien del mal y a tomar decisiones correctas.  Dios nos induce a hacer el bien y a seguirlo, mientras que Satanás nos tienta para que hagamos caso omiso de Dios y cometamos pecados.  Al elegir seguir a Dios y guardar Sus mandamientos, crecemos en sabiduría y fortalecemos el carácter.  Podemos tener gozo aun en períodos de tribulación y podemos afrontar los desafíos de la vida con un espíritu de paz.

Mucha gente define la felicidad como el poseer cosas que, por sí mismas, no brindan una felicidad duradera, tal como la riqueza, el poder, la belleza y la fama.  Desde una perspectiva eterna, la verdadera felicidad se alcanza cultivando atributos como la bondad, el amor, la justicia y la misericordia.  La felicidad proviene del servicio a Dios y a los demás y de la preparación para vivir nuevamente con nuestro Padre Celestial. Nuestro Padre Celestial sabe que hay muchos aspectos que contribuyen a nuestra felicidad, como el trabajo, un estilo de vida sano, los amigos, la familia y los logros personales, y Él puede optar por bendecirnos con tales cosas.  Sin embargo, independientemente de lo que poseamos o no en esta vida, la felicidad más profunda y duradera se logra al conocer el plan de Dios y al seguirlo.

¿Alguna vez nos hemos preguntado por qué Dios permite que haya tanto sufrimiento en el mundo?  ¿Cómo es posible que incluso las personas inocentes o las que tratan de hacer el bien estén sujetas al dolor, a la enfermedad, a la tragedia y a la muerte?   Tal vez incluso nosotros o nuestra familia estemos atravesando tribulaciones o las hayamos tenido antes.

Dios tiene un plan para nuestra vida y Él nos conoce y nos comprende.  Como parte de ese plan, vinimos a la tierra y estamos sujetos a las leyes físicas y naturales.  También estamos sujetos a las consecuencias del pecado y a los resultados de las decisiones que tomemos nosotros y que tomen los demás, y Dios no limita la capacidad de Sus hijos para elegir el bien o el mal.  No obstante, seguimos siendo hijos de Dios y Él nos ama a pesar de todo.  Él conoce todas las cosas por las que pasamos y desea que tengamos presente que nuestra vida en la tierra es sólo una pequeña parte de nuestra vida eterna.

Dios no se deleita en nuestro sufrimiento, sino que sabe que las dificultades, sin importar su causa, permiten que Sus hijos se acerquen más a Él y permite fortalecerlos en la medida que perseveren con fidelidad ( Apocalipsis 3:19) .  Su Hijo, Jesucristo, sufrió todas las cosas. Si acudimos a Él, podemos tener la certeza de que nos comprenderá y de que puede ayudarnos en nuestras tribulaciones con Su amor y Su guía.  Si tenemos fe en Dios y en Su plan, podemos estar seguros de que todo lo que nos ocurre en la vida tiene un propósito.  El lidiar con las calamidades puede fortalecernos y despertar la compasión, lo cual nos ayuda a aprender, a madurar y a servir a los demás.  El afrontar la adversidad es una de las principales maneras en que somos probados e instruidos en la vida mortal.  Nuestro amoroso Padre Celestial tiene la capacidad de compensarnos por cualquier injusticia que tengamos que soportar en la vida mortal.  Si perseveramos fielmente, Él nos recompensará en la vida venidera de una manera que va más allá de lo que podemos comprender.

El Señor dijo a José Smith durante un periodo de intenso sufrimiento: “...entiende, hijo mío, que todas estas cosas te servirán de experiencia y serán para tu bien. El Hijo del Hombre ha descendido debajo de todo ello.   ¿Eres tú mayor que él?” ( Doctrina y Convenios 122:7–8).